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Maestros Venezolanos: Antonio José Fernández (El Hombre Del Anillo)

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Camino Imperial Camino Imperial Camino Imperial

Camino Imperial

Óleo sobre tela
60 x 80 cm / enmarcada: 64 x 84 x 4 cm
2003
Firma en la esquina inferior derecha; reseña y dibujo en el reverso

Antonio José Fernández, conocido universalmente en el arte venezolano como “El Hombre del Anillo”, nació el 8 de septiembre de 1922 en la aldea El Corozo, en el distrito Escuque del estado Trujillo, Venezuela. Hijo de Ramón Fernández, albañil, y Ana María Franco, fue un artista autodidacta sin formación académica formal. En su juventud se dedicó a la siembra de hortalizas, y en 1940 ingresó al servicio militar obligatorio en el cuartel Bolívar del Táchira, donde aprendió enfermería, oficio que practicó posteriormente. En 1948 instaló un puesto de venta de frutas en el mercado de Valera, y fue allí donde comenzó a ser conocido por el apodo que lo acompañaría para siempre, debido a un enorme anillo tallado en piedra de río que llevaba en su mano derecha y que él mismo había fabricado.


La trayectoria artística de Fernández fue paulatina y estuvo marcada por las dificultades. Realizó su primera escultura en 1949, una obra titulada La maternidad, que tuvo poca acogida y llegó a provocar burlas de algunos de sus vecinos. A partir de 1952 comenzó a ejecutar esculturas bajo la influencia del artista trujillano Salvador Valero, trabajando mediante el vaciado en cemento o la talla en madera. En 1958 sus trabajos llamaron la atención del médico, poeta y pintor Carlos Contramaestre, quien lo mencionó en un artículo de El Nacional. En 1962 abandonó temporalmente sus trabajos en madera y lienzo para experimentar con el yeso, pero en 1963, desanimado por la burla de sus vecinos y por el rechazo de una obra que había ofrecido en donación a un liceo, destruyó los trabajos realizados hasta esa fecha y abandonó la actividad artística; fue Salvador Valero quien lo estimuló a continuar. Fernández inició entonces un período monumentalista, en el que ejecutó figuras de gran tamaño para fuentes de agua y jardines, y para esa época prefería la policromía, que lo ayudaba a definir las tipologías.


Su reconocimiento público llegó en 1965, cuando Carlos Contramaestre le organizó su primera exposición en la Galería El Techo de la Ballena de Caracas, muestra que atrajo el interés de la crítica especializada. El pintor y poeta Juan Calzadilla lo celebró como “el primer escultor ingenuo que aparece en el arte venezolano”, y elogió la variedad de técnicas y materiales que empleaba, entre ellos la talla en piedra, la talla en madera, el vaciado en cemento, la policromía aplicada al relieve y a las figuras de bulto, el collage, la tela y el cartón. Su obra evocaba la vida campesina, su entorno, la naturaleza, los animales y los mitos cristianos, creando una simbiosis entre escultura y pintura a través de un lenguaje muy personal que despertó la curiosidad de críticos como Sofía Imber y de figuras internacionales de la cultura como el novelista estadounidense William Styron, quien lo visitó en su aposento de Carvajal. Siguieron otras exposiciones en la Galería XX2 en 1967 y en la Galería Ángel Boscán y la Galería de la Universidad Central de Venezuela en 1968, entre muchas otras.


En las últimas décadas de su vida, Fernández recibió numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio Conac en el Salón de Arte Popular Fundarte en 1985, el Premio Casa Guipuzcoana en La Guaira, el Premio Bárbaro Rivas en la IV Bienal Bárbaro Rivas en 1994 y el Premio Nacional de Cultura Popular en 1998. En 1997 también le fue otorgado el Premio Nacional de Arte Popular “Aquiles Nazoa”. A pesar de este reconocimiento, vivió gran parte de su existencia en la extrema pobreza, y solo en sus últimos años pudo solventar parcialmente sus necesidades; irónicamente, hoy sus obras se cotizan entre mil y dos mil dólares en el mercado del arte. Pasó más de tres décadas en una modesta vivienda en Carvajal, cedida por su amigo José “Pepe” D'albensio, que le sirvió de hogar, taller y espacio de exhibición. Antonio José Fernández falleció en Valera el 5 de enero de 2006. Su legado perdura como una de las figuras centrales del arte popular e ingenuo venezolano, y una distinción de la Bienal Nacional Salvador Valero lleva su nombre.

 

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